Raíces y hojas de la planta del nabo, perteneciente a la familia de las Crucíferas. A diferencia de la patata, se trata de una raíz de tipo tuberoso (engrosada) y no de un tubérculo.
Los hay de forma esférica, cilíndrica y cónica. Por fuera son de color blanco o rojizo, aunque su interior es siempre blanco o amarillento.
En los fríos inviernos centroeuropeos, los nabos y la col fermentada (chucrut) eran casi los únicos alimentos vegetales disponibles. Aunque es aparentemente poco nutritiva, esta hortaliza contribuyó a la supervivencia de los pueblos germánicos durante siglos o incluso milenios. Llegó a ser uno de los alimentos más populares de Europa, pero su consumo disminuyó notablemente con la llegada de la patata procedente de América y pasó a ser un alimento prácticamente olvidado. Actualmente, vuelve a cobrar protagonismo al conocerse su composición y propiedades.
El nabo contiene cantidades apreciables de diversos micronutrientes (vitaminas y minerales), entre los que destaca la vitamina C (con 100 gramos de nabo se cubren más de la mitad de las ingestas diarias recomendadas de la vitamina). También contiene una cantidad importante de fibra (3.5 gramos por 100 gramos de alimento), principalmente de tipo insoluble, que mejora el tránsito intestinal, evitando el estreñimiento, y previene el cáncer de colon y la enfermedad cardiovascular.
Al igual que en otras crucíferas (coles de bruselas, coliflor, repollo, lombarda...), en su composición destaca la presencia de fitonutrientes del grupo de los glucosinolatos/isotiocianatos/indoles, que le confieren propiedades protectoras frente al cáncer. De hecho, el consumo de vegetales del género brassica se ha asociado con un menor riesgo de sufrir cáncer de pulmón, próstata, mama, útero, endometrio y de tumores relacionados con el tracto gastrointestinal (estómago, hígado, colon).